El peor examen de mi vida
Cuando ingresas a la universidad una gran emoción te embarga, por fin tu sueño de toda la vida se está cumpliendo, el primer pasó a una carrera profesional ya lo diste, ahora sólo tienes que terminar los años que implica la carrera que has escogido. Pero el camino no es fácil, cuanto más avanzas se complican más las cosas, tampoco es para asustarse, sino para estar precavidos a cualquier eventualidad.
En mi primer año en la universidad, me hice amiga de unos muchachos que no eran precisamente muy aplicados, con ellos estuve los dos primeros años, luego hice mi vida muy aparte, creo que su influencia no era muy positiva. Retomando mi primer año, las primeras semanas no faltaba a ninguna clase, siempre puntual y con el lapicero y cuaderno listos para apuntar cada detalle de la clase. Movida por la ilusión y las ganas, subraya lo más importante o lo escribía de otro color, pero eso no duró mucho. Pasada mi etapa de estudiante modelo, comencé a faltar a clases, peor si eran en las mañana. A pesar que el despertador me avisaba que era hora de levantarme, yo lo apagaba y seguía durmiendo, todo era mejor que asistir a clases. Cuando se me daba la gana de ir a clases, no entraba al salón me la pasaba con mis amigos conversando o escuchando música. Hasta que llegaron los primeros exámenes y yo sin una clase en el cuaderno, comencé a sufrir mi falta de responsabilidad.
Mi primer examen lo di bien, gracias a las copias que unas chicas me proporcionaron. Así estuve toda la semana sacando copias a los cuadernos, lo que tenía que hacer para que me los prestaran. Pero en el último examen no puede conseguir ningún cuaderno o copia o algo. Estaba desesperada, era mi fin, prefería faltar antes de dar un examen sin saber que contestar. Lo peor es que no podía faltar, con tantas inasistencias que tenía el profesor no me iba a perdonar esa, faltaba y desaprobaba el curso. Me armé de valor y fui a dar mi prueba con lo que apunté los primeros días, era lo único que tenía. Ese día llegue al salón sudando, el autobús se me había pasado unas cuadras y tuve que esperar al otro, luego del paradero, como ya era tarde no me quedó otro remedio que correr. Justo llegue al salón cuando el profesor iba a cerrar la puerta, ahí empezó mi mala suerte.
Al tomar el lapicero para comenzar el examen, mi mano me temblaba, parecía la primera vez que hacia una prueba. Las preguntas las leía, las releía y no comprendía nada, hasta las letras parecían moverse tal vez porque estaba tan presionada ese día, que mi imaginación comenzó a jugarme una mala pasada. “¿Por qué falte a clases?” me decía, pero ya no tenía solución. Respondí cada pregunta, de acuerdo a lo que creía podría ser, era preferible que dejar todo en blanco. El profesor pasaba por mi lugar y observaba mi hoja, yo la tapaba con mi brazo y él se daba media vuelta. Así estuve hasta que tocó el timbre, luego entregué el examen, ya sabía lo que ocurriría la semana siguiente. Todos pueden suponer lo que paso, en verano tuve que llevar el curso, no lo aprobé, desde ese momento dejé de faltar a clases y mejoré mis calificaciones.