El bádminton en el Perú
El frío que arreciaba en Lima por aquellos días era para algunos una molestia. Extrañaban el verano y todas las ventajas que éste les ofrecía. Sol, arena y mar. La combinación perfecta. Lo malo para ellos es que está felicidad dura tan solo tres meses, a lo sumo cuatro. Sin embargo, entre el populoso distrito de Chorrillos y las costas del Océano Pacífico, existe un lugar en el que parece que el verano nunca termina. El club de Regatas Lima.
Cuando viaje a Lima, en pleno mes de junio, el gélido aire otoñal se había instalado en toda la ciudad y de un solo golpe había dejado en el olvido los recuerdos veraniegos que año a año van quedando en sus instalaciones. Uno de estos recuerdos que, a pesar del cambio de estación, se mantiene intacto entre sus socios son las confrontaciones de bádminton. Según lo que me comentaba un amigo, el año que se avecina se cumplirán cinco décadas desde que se inició la práctica de este deporte en el Regatas.
Otro dato más que obtuve fue que durante la presidencia de Guillermo de Vivanco Sotomayor, se construyó el coliseo que actualmente sirve como escenario para el desarrollo de esta disciplina. En su interior, tiene cinco canchas que a lo largo de los años han albergado una serie de eventos internos y campeonatos nacionales e internacionales. Eran las tres de la tarde y ninguna de las pistas estaba siendo utilizada. Una extraña sensación de vacío se percibía en su interior. El único testigo de éste silencio era el vigilante.
Caminaba de un lugar a otro sin destino fijo, esperando a que lleguen los seleccionados. En su rostro se notaba cierto aire de incomodidad. Llevaba trabajando más de siete horas y aún no había ingerido alimento. Una orden de sus superiores le impedía dejar el recinto a solas. Lo acompañaban en su tensa espera veinte volantes, almacenados en un pequeño recipiente de color naranja, y unas cuantas raquetas al costado de cada cancha. Aún faltaban treinta minutos para que terminara su calvario.
Calvario que se vio interrumpido con la súbita aparición de su pequeño hijo. Un niño de nueve años que observaba asombrado el lugar. El brillo de la cera aún relucía en el piso de color verde y en las líneas rectangulares de color blanco que rodean la pista. De pronto, dos seleccionados llegaron y cogieron al artífice de este deporte. El volante. Su forma, similar a la de un narciso que florece en primavera o a la de un común salero, es la que le da ese toque especial a esta disciplina.
Mientras recorría el pequeño trayecto, que en apariencia tiene la cancha, su mente estaba procesando en millonésimas de segundo el siguiente movimiento. El volante se movía de aquí para allá en un zigzag interminable. De repente, un sorpresivo golpe liquidó cualquier esperanza de victoria. Era un globo de revés. Una maniobra que a simple vista resulta ser muy difícil de efectuar. Pero que para él solo significó un golpe más dentro de las opciones que tenía en su repertorio.
Nada estaba dicho. El partido recién empezaba. Una mezcla de agilidad y destreza se apreciaba en cada jugada. El marcador mostraba un empate a ocho puntos cuando aún no pasaban los diez minutos desde que empezó el juego. Poco a poco, los demás seleccionados se acercaron a observar el encuentro. Estaban alrededor de la pista. La incertidumbre era el ingrediente que los atraía. A lo lejos, alguien se acercaba a paso lento.
Parecía alguien importante. Era el entrenador. Por su apariencia y el apellido que tiene, cualquiera podía creer que era el hijo de algún jeque árabe. Muamar Qadafi, era el entrenador de la selección peruana de bádminton y bajo su dirección se consiguieron diversos logros. Entre ellos, el tercer lugar en la competencia por equipos del Campeonato Panamericano de Bádminton realizado en Calgary, Canada. Gracias a su labor, el combinado nacional pudo vencer a México, Brasil, Guatemala y a Puerto Rico.
Al instante, se dieron cuenta de su presencia y la rivalidad quedó en un segundo plano. Todos los seleccionados se acercaron hacía a él y lo escucharon detenidamente. El final se acercaba. No para ellos, que se disponían a iniciar otro día más de preparación. Sino para una persona. El entrenamiento era privado y nadie lo podía observar. El partido empatado se reanudó y la adrenalina volvía a correr por todo el coliseo “Alfredo Salazar”.
A lo lejos, el hijo del guardián se despedía con un beso en la mejilla y se alistaba para soportar el viento frío que azotaba a Lima por aquellos días. Se alejaba, un poco decepcionado por su corta visita pero con el recuerdo vivo del interminable zigzag del volante antes de que fuera conectado por el impresionante globo de revés. A partir de ese momento un solo objetivo estaba en su mente. Jugar al bádminton y realizar aquella jugada que nunca olvidará. El tan complicado, globo de revés.